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Hoy llegamos a los talleres Peñarol a las 4:00 de la mañana. Todavía no aclaraba. Cerca de los talleres descubrimos la máquina que lleva nuestro tren. Su aspecto no era agradable. Estaba tremendamente sucia y descolorida, aunque esto es normal en éstas circunstancias. Detrás de la locomotora se encontraba un montón de leña, que calculamos en unos 500 kilogramos. Trabajosamente introducimos leño por leño en el hogar de la locomotora y los encendimos. Un débil humo de color grisáseo, casi imperceptible, hacía presagiar que de nuevo un soplo de vida empezaba a correr por sus entrañas de acero. Esta ceremonia duró un buen rato. Al fin el manómetro marcó las 30 libras de presión. Ya habia suficiente para manipular sabiamente los grifos del quemador, ventilador y paso del petróleo, y encender la caldera. La hora de la verdad había llegado. Comenzaba a amacecer. Gran parte del personal de los Talleres estaba allí, unos engrasando, otros apretando juntas, chequeando los niveles de petróleo y agua, limpiando, en fin, todos colaboraban con gran ilusión. Habían dedicado toda su vida al servicio de las máquinas a vapor, y éstos momentos para ellos era el recuerdo nostálgico de toda una época. Se agrupan alrededor de la vieja vaporera; cuentan anécdotas suyas. de sus padres, de sus abuelos. El orgullo de pertenecer a una estirpe ferroviaria imposible de disimular. De pronto, un nuevo protagonista se incorpora a la conversación. Las válvulas de seguridad de la locomotora empiezan a rabiar, dejando escapar hacia el cielo un enorme chorro de vapor. Esto indicaba que la caldera ya tenía la presión máxima de 150 libras. Eran las 8:00 de la mañana. Acto seguido, una responsable revisión a cargo del personal especializado confirma lo que ya esperábamos. La máquina se encuentra en perfecto estado, produce vapor en cantidad y hasta los inyectores funcionan como el primer día. El maquinista, luego de la última inspección toca el silbato. Nos movemos lentamente por los talleres hasta que llegamos a la Estación Peñarol. Son casi las 9:00 de la mañana. Los vecinos del viejo barrio se quedan pasmados ante el espectáculo. Hacía años que por allí no veían una máquina a vapor; y unos por curiosidad y otros por añoranza, se quedan a oír el tronar de la locomotora y las notas de su potente silbato. Estamos parados en la vía principal. El maquinista recibe la hoja de ruta y las indicaciones de último momento. El semáforo cambia su luz roja a amarilla, y finalmente a verde. La vieja Nro. 120 lenta y cansinamente se pone en movimiento. Bufando, braceando bielas, exhalando grandes bocanadas de humo y de vapor, enfila rumbo a la ESTACION CENTRAL, como tantas veces lo hizo desde 1910. Va en busca de los 600 pasajeros del TREN HISTORICO, que no saben de estos hechos, pero que por formar parte del viaje también merecen conocerlos. Luego de 20 minutos estamos arribando a la ESTACION CENTRAL. A lo lejos un andén, los vagones y una multitud dándonos la bienvenida. Hay un silencio. Nuestras miradas se cruzan. El maquinista se emociona. El hace muchos años que durante ocho horas diarias conduce trenes. Pero hoy.......... hoy es distinto. Tabaré Bordach - C.E.F.U. 24 de Octubre de 1992
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