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Cuando hace tiempo que una locomotora no trabaja, se efectúa una prueba para verificar su potencia de arrastre. Es lo normal en estos casos. La excursión programada para el 9 de mayo de 1992 lo justificaba. Se procedió a programar un viaje de prueba de Central a Peñarol 48 horas antes. Llegamos a Central el jueves a las 16 hs y tomamos 6 coches de pasajeros, uno más de la cantidad con que correríamos el sábado. Estudiamos la ruta hasta Santa Lucía. La pendiente más pronunciada estaba entre la fábrica de Portland del Km 7 y la estación Sayago. Una corta pero fatal pendiente que en el pasado había vencido a los maquinistas más inexpertos. La máquina pasó la prueba; pero a pesar de todo, tomamos las previsiones del caso. Es 9 de mayo, día de la excursión. Corremos normalmente. Pasamos el viaducto de la Av. Agraciada a 60 kph, algo inusual. El foguista notó que la presión había descendido a 120 libras. Rápidamente accionó la palanca del quemador de petróleo. Grandes bocanadas de humo se elevaron. Por fin consiguió aumentar la presión al máximo de 160 libras. Pasamos el km 7. El maquinista abrió todo el regulador (es decir, acelerador a fondo). El repecho estaba allí, desafiante, interminable. La potencia no aparecía. El último recurso... palanca de admisión de vapor al máximo. A 15 kph cruzamos la Av. Millán y aún faltaban 500 mts. Nos miramos y cruzamos los dedos. El tren acusaba el pronunciado desnivel de la vía y perdía velocidad rápidamente. ¿Sería un coche frenado? ¿Un error en los cálculos? Ahora ya no importaba la causa. La ilusión de los 500 pasajeros el Tren Histórico no podía terminar tan pronto, a tan sólo 15 minutos de comenzado el viaje. Pero ya no había nada más que hacer. De pronto, esa ingeniosa combinación de acero, cobre y bronce que es la locomotora de vapor pareció cobrar vida propia. El viejo guerrero estaba otra vez en el campo de batalla. Trepar las cuchillas uruguayas no había sido problema en sus años de juventud. Pero los 82 años de duros trabajos se hacían sentir. No obstante, tenía que demostrar que aún le faltaba mucho para la hora de su descanso final, porque era una "pura sangre" nacida en Inglaterra, cuna del ferrocarril. Tenía que trepar. Exigida al máximo, braceando bielas muy despacito, a paso de hombre, se tomó todo el tiempo del mundo. Santa Lucía era su meta. No podía quedarse. Y no se quedó. A las 11:10 hs., tal cual marcaba el itinerario, llegamos a Santa Lucía. Y el último silbato sonó distinto, con sabor a "misión cumplida". Un paisano del lugar, que había ido a la estación a presenciar el acontecimiento, exclamó a toda voz: ¡A la pucha!... ¡Cuanta gente... y qué tren machazo!... ¡Mire que son nobles estos fierros, eh!
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